La vida monástica  se nos  entrega como don y como tarea.

En medio de un vivir acelerado, que  lleva las personas enganchadas a urgencias y velocidades que agobian;  el vivir monástico quiere ser un ámbito sereno, en un lugar  tranquilo, remanso de paz, donde también pueden acercarse las personas con deseos de encontrarse más a sí mismas y ahondar en su sed de trascendencia.

No siempre se consigue a nivel individual: las urgencias y velocidades que rodean al monasterio, también empujan a sus moradoras, ante la necesidad de  supervivencia.   Ya San Benito en el siglo VI nos decía en la Regla  … “entonces  son verdaderos monjes, cuando viven del trabajo de sus manos”

Aunque el ímpetu que lleva a este puñado de mujeres a venir y permanecer en este lugar es un anhelo profundo, una SED de los valores trascendentes.

Han escuchado la palabra hecha vida “Oid sedientos, acudid por agua…”  “ El que tenga sed, que venga a mí y beba”     Y quieren buscar y encontrar cada vez más, el sentido de la vida, la sanación profunda, la pacificación, la sencillez.

Sí, la vida monástica, nuestra vida monástica, sigue el camino trazado por los monjes de Císter desde hace muchos siglos. Son grupos de personas  solitarias que viven en comunidad.

"El silencio en la Trapa es la más alegre algarabía que los hombres puedan sospechar".

San Rafael Arnaizmonje trapense

Comunidad, fraternidad, comunión. Hacia estos grandes valores tendemos siempre. Una comunidad cristiana tiene a Jesús en medio de ella. Sabemos que Dios es un fuego devorador; vivir en comunidad es pasar a través del fuego.

Sólo los que saben lo que está en juego pasan la hoguera: se dejan despojar de la ganga, dejan que el fuego acrisole lo más precioso de su interioridad y permiten que el oro se manifieste  en la humildad de su verdad.

Son personas que ven más allá de la apariencia y se atreven a adentrarse en lo desconocido, con proyectos de largo alcance que rompen la mediocridad de lo banal, aunque no sean atractivos, útiles, brillantes.

Son aquellas personas que con los ojos fijos en lo alto, ven más allá de lo inmediato, avivando el deseo de ver cada vez mejor a Aquel que ha puesto brasas en tu corazón y quiere que ardan. Sin desmayar ante las limitaciones y las atenciones que precisa una vida humana, y que van siendo mayores en la medida que pasa el tiempo.

Estas personas son testigos de trascendencia. Ellas indican la dirección en la que debe mirar una humanidad realizada, feliz; que no se amilanan ante los esfuerzos, ni se detienen ante los desafíos de la historia inmediata que comparte.

Vislumbran, más allá,  un ALGUIEN.

 

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