Cuando llega la primavera, la belleza natural que rodea al monasterio, ofrece resortes de vitalidad y ganas de vivir. Primero aparecen multitud de brotes que estimulaban la expectación… se acerca  la primavera.

¡Y llegó el acontecimiento!,  abrieron las flores en multitud de formas silvestres o cultivadas; árboles y florecillas silvestres, como multitudes que aplauden la fiesta.  No dejan de sorprendernos  los  típicos  vientos y ventoleras que vienen del Cierzo o del Moncayo y no dejan nada en su sitio.  Agitan y hacen danzar a los cerezos en flor y a todos los árboles y les obligan a soltar su bello cargamento: mantos de pétalos, envolviendo el césped que rodea al ábside, el camino interior convertido en alfombra floral blanca y rosa, como esperando la procesión del Corpus.

En días anteriores llovió lo suficiente para preparar  el prodigio. Aunque esta tierra es rica en agua de riego que viene de los embalses del Moncayo o de nuestros pozos, la lluvia no suele ser generosa y se la agradece mucho cuando llega.

Los olivos, bien podados para regalarse en don en la procesión del domingo de Ramos, ahora muestran humildemente su floración y van ensanchando su seno para que sea fecundo en el otoño. Los dientes de león, exuberantes, se han apoderado de un amplio espacio de césped verde que ahora brilla con reflejos de oro. Los ciruelos rojos  que nos maravillaron con sus ramilletes floridos delicadamente bonitos, ahora explotan velozmente sus brotes y ramas oscuras como granate, que van cubriendo con su sombra y  son telón de fondo para apreciar más los delicados colores de otros árboles que lucen una gama increíble de verdes tiernos y frescos, caducos y perennes.

Los castaños de indias, se despliegan exuberantes con sus racimos floridos, asombrosos. Algunos tienen sus racimos rosa fucsia, otros  predomina el blanco en los pétalos; a fin de verano recogeremos sus castañas y las daremos nuestra casera aplicación. Las hermanas que cuidan la fuente de San Bernardo, no se alegran tanto de esta profusión de flores porque el viento va tirando ramas y flores al agua y hay que estar recogiéndolas continuamente para que no creen problemas a la conducción del agua.

Los que sí viven la fiesta primaveral, sin descanso ni  interrupción, son los pájaros.   Creo que ya han llegado todos o gran parte de los pájaros de primavera.     Golondrinas y vencejos, ruiseñores, tórtolas turcas y comunes, abubilla, mirlos, verderillas y verderones, gorriones, jilgueros y carboneros, el chochín y el petirrojo;  los abejarucos tiene sus mejores fiestas los días nublados y bajan hasta la entrada de las colmenas para devorar las abejas en cuanto asoman por la piquera; el martín pescador y los andarríos, saltan y se divierten en todo lugar con agua.     A este paraíso de los pájaros, llegaron al fin las oropéndolas; el oriol, con su potente canto, nos induce a buscarlo, y pocas veces se deja descubrir.

La lista es interminable pero no sé darles nombre a todos. También están las aves de presa y las nocturnas  que de varias formas se hacen ostensiblemente presentes.

En la primavera se celebran fiestas de la verdura. En Tudela, capital de la Ribera, este año las fiestas de la verdura las han compartido con los pueblos vecinos de la zona. También Tulebras  ha tenido su señalada participación, que ha dejado contentos a los vecinos y a todos los visitantes. Comenzaron el día con una visita guiada al monasterio y al museo, recogieron en las huertas la fruta mejor de este lugar: alcachofas, espárragos, borraja; aprendieron a limpiarla bien y cocinarla y hacer unos pinchos deliciosos.

Aprovechando la afluencia de visitantes  a estas fiestas de la verdura en la Ribera, el gobierno de Navarra, en concreto el Servicio de Museos, ha   preparado un plan original para que vengan más personas a los  museos.

Se entrega un «pasaporte»  para sellarlo  en cada uno de los museos de Navarra que visiten. Para el otoño habrá un sorteo entre los que más han visitado y se les entregará unos aparatos informáticos que tanto buscan y desean todos.

En esta época van viniendo más huéspedes y visitantes al monasterio y las liturgias tienen más participación, especialmente en la Semana Santa y luego en la Pascua, donde resuena el gozoso Aleluya, casi sin interrupción.

Las piedras talladas de nuestro templo, testigos de tantos siglos de oración monástica, siguen escuchando atónitas tanta alabanza y parecen rejuvenecer en el anhelo y deseo de que sigan llegando multitudes de voces monásticas, sucesoras  y continuadoras de tan bella alabanza.

Todo en este pequeño lugar, bucle del Quieles, testigo de tantas culturas y con una frondosidad tan abundante, que siempre atrajo a la vida humana hacia aquí.

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